Publicado en: 06/01/2020

Qasem Soleimani, maestro de la intriga de Irán, creó un eje chiita de poder en Medio Oriente

El general Qasem Soleimani en 2016. Lideró la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní.

Él moldeó la guerra civil siria y fortaleció el control de Irán sobre Irak; estuvo detrás de cientos de muertes de estadounidenses en Irak y olas de ataques de paramilitares contra Israel. Y durante dos décadas, cada uno de sus movimientos encendió las redes de comunicaciones —y alimentó las obsesiones— de operativos de inteligencia en todo Medio Oriente.

El viernes 3 de enero de 2020, el mayor general Qasem Soleimani, el poderoso y esquivo maestro del espionaje de 62 años que encabezaba la maquinaria de seguridad iraní, fue asesinado cerca del aeropuerto de Bagdad mediante un ataque estadounidense con un dron.

Así como sus logros moldearon la creación de un eje chiita de influencia a lo largo de Medio Oriente, con Irán al centro, es probable que ahora su muerte sea clave para la instauración de un nuevo capítulo de tensiones geopolíticas en la región.

Soleimani se encontraba en la vanguardia de la generación revolucionaria de Irán, se unió a la Guardia Revolucionaria Islámica poco después de cumplir 20 años, luego de la revuelta de 1979 que consagró a la teocracia chiita del país.

Ascendió rápidamente durante la brutal guerra entre Irán e Irak de la década de los ochenta. Y desde 1998 dirigió a la influyente Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, la división de operaciones exteriores del aparato de seguridad iraní que unía la labor de inteligencia con la estrategia militar de propiciar las fuerzas paramilitares de todo el mundo.

En Occidente era visto como una fuerza clandestina detrás de una campaña iraní de terrorismo internacional. Junto con otros funcionarios iraníes, fue catalogado como terrorista, por Estados Unidos e Israel en 2011, acusado de conspirar para asesinar en Washington al embajador de Arabia Saudita, uno de los principales enemigos de Irán en la región. El año pasado, en abril, el gobierno de Donald Trump catalogó a toda la Fuerza Quds como un grupo terrorista extranjero.

Sin embargo, en Irán muchos lo veían como un héroe, en especial dentro de los círculos de seguridad. Las anécdotas sobre su ascenso y su carisma reservado se combinaron para crear la imagen de un guerrero-filósofo que se convirtió en el pilar de la defensa de un país contra varios enemigos.

El general era cercano al líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, quien el viernes 3 de enero emitió una declaración en la cual decretó tres días de luto nacional y “venganza obligada”, que equivale a una amenaza de represalias contra Estados Unidos.

“Su partida con Dios no pone fin a su camino ni a su misión”, manifestó el ayatolá.

Los primeros años del mandato de Soleimani a finales de los noventa estuvieron dedicados a dirigir los esfuerzos del grupo paramilitar Hezbolá contra la ocupación militar israelí al sur del Líbano. Soleimani y el comandante militar de Hezbolá, Imad Mugniyah, impulsaron una sofisticada campaña de guerra de guerrillas, que combinaba emboscadas, bombas de carretera, terroristas suicidas, asesinatos específicos de altos funcionarios y ataques a los puestos de defensa israelíes.

Al final, el costo para Israel fue demasiado elevado y en mayo de 2000 se retiró del Líbano, lo que significó una victoria importante para Soleimani, su Fuerza Quds y Hezbolá.

La Primavera Árabe en Medio Oriente y el posterior combate contra el Estado Islámico convirtieron a Soleimani de una figura oscura en un actor principal en la geopolítica de la región, según Tamir Pardo, exdirector de la Mossad, el servicio de inteligencia israelí.

“La vida profesional de Soleimani puede dividirse en dos periodos. Hasta la Primavera Árabe, es comandante de una fuerza que tiene ramificaciones en varias partes del mundo—activa principalmente en Siria, Líbano e Irak—, pero que en esencia es una organización secreta de operaciones cuyo principal propósito es el terrorismo”, explicó Pardo.

“A partir del impacto que tuvo en Medio Oriente el ascenso del Estado Islámico, cambia el curso”, continuó Pardo. “Se vuelve un actor regional preponderante, que con un gran talento sabía cómo aprovechar la infraestructura secreta que estableció durante tantos años para lograr objetivos no cubiertos: combatir, ganar, establecer su presencia”.

En años recientes, el hombre cuyo rostro rara vez fue visto se convirtió en la cara de las operaciones exteriores de Irán.

En Siria, supervisó una operación masiva para reforzar el gobierno del presidente Bashar al Asad, cuyo propio ejército había sufrido mermas por las deserciones generalizadas y el combate encarnecido contra los rebeldes que buscaban derrocar el gobierno desde 2011. Dado que hablaba árabe pudo tranquilizar a los comandantes locales mientras los usaba para crear una red de apoyo para Asad.

En el transcurso de varios años, los operativos iraníes guiados por Soleimani reclutaron combatientes paramilitares de otros países —principalmente de Irak, Afganistán y Paquistán— y los llevaba en avión a Siria para que reforzaran las filas de Assad en batallas decisivas.

Muchos de esos combatientes de grupos paramilitares recibieron capacitación en bases militares de Irán o en suelo sirio mediante operativos del Hezbolá de Líbano, una organización que Soleimani había ayudado a desarrollar a lo largo de los años.

Cuando las fuerzas iraníes y las respaldadas por ese país se convirtieron en combatientes cruciales contra el Estado Islámico —después de que el grupo se hizo con el control de casi una tercera parte de Irak en 2014—, comenzaron a circular en las redes sociales fotografías de Soleimani con uniforme militar en el campo de batalla. La publicidad generó rumores de que Soleimani estaba tratando de aumentar su fama debido a que tal vez pensaba contender a la presidencia de Irán; él lo negó y dijo que siempre se había visto solo como un soldado.

Ese conflicto, de 2014 a 2017, fue un extraño ejemplo de Irán y Estados Unidos luchando, teóricamente, en el mismo bando. En diversas ocasiones, los estadounidenses atacaron objetivos del Estado Islámico desde el aire mientras Soleimani dirigía una operación en tierra contra los grupos paramilitares.

Los gobiernos estadounidenses anteriores se habían resistido a atacar directamente a Soleimani, ya fuera debido a preocupaciones operativas o por temor a que matarlo pudiera desestabilizar más la región y conducir a una guerra declarada entre Estados Unidos e Irán.

No obstante, al menos en una ocasión, funcionarios israelíes abrieron la posibilidad de atacarlo con su estructura de comando. Eso sucedió en febrero de 2008, mientras operativos de inteligencia israelíes y estadounidenses rastreaban a Mugniyah, el comandante de Hezbolá, con la esperanza de matarlo, según altos funcionarios de inteligencia estadounidenses e israelíes. Los operativos observaron al comandante de Hezbolá hablando con otro hombre, quien fue identificado rápidamente como Soleimani.

Emocionados ante la posibilidad de matar a dos archienemigos al mismo tiempo, los israelíes llamaron a altos funcionarios de su gobierno, pero el entonces primer ministro, Ehud Olmert, negó la solicitud, ya que les había prometido a los estadounidenses que el único blanco de la operación sería Mugniyah.

Tal vez más que ningún otro individuo, Soleimani fue la contraparte de los planes estadounidenses en Irak, que al igual que Irán es un país predominantemente chiita.

Después de que Estados Unidos invadió Irak en 2003, los guerrilleros iraníes y sus aliados iraquíes combatieron una guerra clandestina contra los soldados estadounidenses: lanzaban misiles a bases y atacaban convoyes. Los grupos paramilitares también ayudaron a avivar las tensiones sectarias que llevaron a la guerra civil en Irak de 2006 y 2007 entre los chiitas y los sunitas, lo cual hizo que el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, ordenara el aumento del número de soldados en la región.

Soleimani y otros líderes de su generación se formaron con la guerra brutal entre Irán e Irak de los años ochenta, un conflicto tan cruento —una guerra con trincheras y armas químicas— que algunos lo compararon con la devastación de la Primera Guerra Mundial. Casi un millón de personas perdió la vida en ambos bandos y Soleimani pasó buena parte de esa guerra en el frente.

Para él y sus compañeros soldados, la guerra fue algo que no debía repetirse. Asegurarse de que Irak estaba débil y era incapaz de suponer una amenaza para Irán se convirtió en el principal objetivo de la política de Irán hacia Irak después del derrocamiento de Sadam Husein, a quien Estados Unidos apoyó durante su guerra con Irán en la década de 1980.

En los años posteriores a la invasión estadounidense de Irak en 2003, Irán arremetió contra lo que consideraba una agresión estadounidense en la región, ya que le preocupaba que Estados Unidos pudiera interesarse en el cambio de régimen en Irán tras la partida de Sadam Husein.

Funcionarios estadounidenses han culpado a Irán de matar a cientos de soldados estadounidenses durante la guerra, muchos con bombas de carga hueca tan sofisticadas que podían penetrar vehículos blindados.

Mientras Estados Unidos buscaba negociar un acuerdo con Irak que les permitiera a las fuerzas estadounidenses permanecer en el país después de la fecha límite de 2011, fue Soleimani quien presionó sin tregua a los funcionarios iraquíes para que se negaran a firmar, usando una combinación de amenazas y promesas de más ayuda financiera y militar, según dijeron funcionarios estadounidenses e iraquíes.

En 2014, bajo sus órdenes, los equipos de construcción iraquíes comenzaron a hacer una carretera para suministros y paramilitares iraníes, una pequeña pieza del que quizá fue el proyecto más importante del general: establecer una ruta terrestre desde Teherán hasta el Mediterráneo —que cruza Irak y Siria hasta Líbano—, desde donde Irán ha apoyado por mucho tiempo a Hezbolá y que representa una amenaza importante para Israel.

Qasem Soleimani nació en 1957 en Rabor, al este de Irán, y posteriormente vivió en la ciudad de Kerman. Fue hijo de un campesino y a los 12 años comenzó a trabajar en la construcción. Estudió hasta la preparatoria y posteriormente trabajó en el departamento municipal de agua en Kerman, según un perfil publicado por los medios estatales iraníes.

De acuerdo con un perfil publicado en 2012 en The New Yorker, el padre de Soleimani se endeudó durante el gobierno del sah. Cuando llegó la revolución, simpatizó con la causa y poco después se unió a la Guardia Revolucionaria. Se casó y tuvo hijos, aunque hay historias contradictorias en las noticias iraníes sobre cuántos tuvo.

Al interior de Irán, era visto principalmente como alguien que ejercía más influencia sobre la política exterior del país que el propio ministro de Relaciones Exteriores, Mohamad Yavad Zarif.

Tras su muerte, Soleimani parece haber unido a los partidos políticos rivales de Irán bajo una misma bandera. Las políticas expansionistas de Irán en Siria, Irak y Líbano han sido polémicas a nivel local entre iraníes comunes y algunos políticos reformistas que veían que se desviaba dinero y recursos de Irán para financiar las misiones de Soleimani.

Sin embargo, el viernes hubo solo alabanzas y dolor. Funcionarios iraníes de todo el espectro político emitieron declaraciones para expresar sus condolencias y condenaron a Estados Unidos.

“Fue tan grande que logró su sueño de ser convertido en mártir por Estados Unidos”, escribió el político reformista y anterior vicepresidente, Mohamad Ali Abtahi.

Soleimani recibió el más alto honor militar del país, la Orden de Zulficar, creada en 1856 bajo la dinastía Kayar. Se convirtió en el único comandante del ejército en recibir esa distinción en la República Islámica.

El ayatolá Jamenei fue quien le puso la medalla a Soleimani en febrero del año pasado y en comentarios que ahora parecen proféticos, dijo: “La República Islámica lo necesita por muchos años más. Pero espero que al final, muera como un mártir”.

Por Por Tim Arango, Ronen Bergman y Ben Hubbard/The New York Times

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