Publicado en: 16/02/2018

PEDOFILIA: El dolor de descubrir que eres Lolita

Lolita: Cuando llegó a mi vida, “yo tenía 12 años y él 53”.

Mi tío me regaló mi primera copia de Lolita. Mi padre no quiso comprarme esa novela en la librería que visitábamos a menudo.

“¿Por qué ese libro?”, preguntó mi padre cuando llegamos a casa. “Solo lo quiero”, le respondí mientras nos quitábamos los zapatos en la puerta, donde la superstición religiosa requiere que se queden todas las cosas impuras. “Quería leerlo”.

Tenía 15 años; cursaba el segundo año de la preparatoria y me había enterado de la existencia de Lolita por una maestra de literatura que nos había resumido la trama para hablar de ejemplos de narradores poco fiables.

Mi tío sabía lo básico —el tema de la chica precoz, la subcultura de la moda japonesa que lleva ese nombre, las gafas de sol en forma en corazón— pero no había leído la novela. Me la entregó unas cuantas semanas después de que le conté que mi padre no quería comprármela.

A mi tío le gustaba darme regalos. Fueran pequeños o costosos, siempre eran aquellas cosas que mis padres no podían costear o me prohibían tener. Su rol de benefactor hacía que se sintiera como si estuviera llenando los vacíos que el conservadurismo de mis padres había dejado en mi vida.

Así que, en el cuarto de hotel donde estábamos aquella noche y cuyo nombre no recuerdo (yo estaba bajo las sábanas porque me convenció para que me desnudara), me lanzó el libro prohibido y me dijo: “Más te vale esconder esto. A tu madre le dará un ataque si te ve leyéndolo. Ya sabes que no confía en ti como yo”.

Me hizo esa advertencia a sabiendas de que yo le ocultaba todo a mi madre, como él me había enseñado. Él sabía que para preparar a las niñas tenía que eliminar a las madres. Yo sabía que había preparado a otras niñas antes que a mí por las historias trágicas que me había contado de niñas indias con las que había estado en Inglaterra; en esas historias se recordaba a sí mismo más como un salvador que un depredador. Yo desconocía sus nombres pero a lo largo de los años de abuso conformamos una sororidad de labios sellados… nuestro silencio era lo que lo mantenía fuera de prisión.

Quería leer Lolita porque pensé que mitigaría mi vergüenza sexual. La similitud entre mi vida y la trama de la novela me motivó a hacer una búsqueda en Google, leí fragmentos de la novela y pude ver escenas de adaptaciones cinematográficas, categorizadas como “crimen”, “drama” y “romance”. Hasta ese momento, no se me había ocurrido catalogar la relación con mi tío usando alguno de esos géneros. Que alguien pudiera pensar que teníamos un romance me daba náuseas, en tanto que crimen y drama me parecían exagerados.

Si la mirada de un pedófilo podía normalizarse e incluso embellecerse, entonces quizá yo podía normalizar y embellecer mi propia situación.

Cuando llegó a mi vida, yo tenía 12 años y él 53; era un amigo cercano de la familia en un país donde teníamos pocos conocidos. Como no tenía hijos y estaba casado con una mujer a la cual desconocíamos, se convirtió en mi tío de la manera rutinaria en la que aprendí a llamar a los hombres indios “tío” y a las mujeres indias “tía”.

También era una voz progresista en mi hogar conservador, empático con lo “estadounidense” que había en mí y que mi madre consideraba peligroso, en especial en relación con el sexo. Mientras a mis amigas les hablaban por primera vez sobre “las flores y las abejas”, mi madre me prohibía los tampones. No supe qué era la menstruación hasta que la tuve. La femineidad era algo recóndito, un estado de emergencia que le ocurría a las demás. Actuábamos como si los hombres no existieran.

Sin embargo, yo tenía curiosidades y enamoramientos, y llegué a confiárselos a mi tío a lo largo de viajes cortos y de conversaciones que sostuvo conmigo para granjearse mi confianza y lograr que lo quisiera –durante un breve tiempo llegué a amarlo casi como un padre—.

Recurriendo a la mentira de que su esposa iría con nosotros, convirtió nuestros viajes de día en paseos que incluían una noche fuera de casa. Durante el fin de semana íbamos en su auto a Manhattan, donde me llevaba a clases de actuación y luego iba por mí para ir a cenar y ver obras de Broadway.

Aunque me habían enseñado a no aceptar nada de nadie, me compró un guardarropa con prendas atrevidas y me advirtió que rechazar sus regalos sería ingrato. A una edad en la que yo me consideraba invisible para los hombres, se congratulaba en señalar cuando un hombre me miraba en la calle. Yo me contemplaba en los espejos de los hoteles de lujo en los que nos hospedábamos, en habitaciones tan extravagantes que me cohibía respecto a qué tanto espacio estaba ocupando. Las habitaciones en Manhattan se convirtieron en habitaciones en Boston que, a su vez, se convirtieron en habitaciones en Connecticut y en complejos vacacionales en la costa y otros lugares que intento olvidar.

No me di cuenta de que el costo de sus atenciones era el abuso sexual. Reconocerlo lo habría vuelto real, así que acepté sus explicaciones de que lo que me hacía era universal o imaginario y mi dolor era producto de mi histeria llorosa.

“Tranquilízate”, me decía, con su mano enorme y húmeda sobre mi muslo. “A todas les enseñan cómo se hace esto, cómo besar. A mí no me causa ningún placer. Estás malinterpretando las cosas”.

Y acepté esa teoría, en la que yo era la narradora poco fiable. Cuando comencé a asistir a un colegio católico femenino se materializó un mundo de mujeres. Mis padres creían que ese tipo de educación me ayudaría a estudiar en alguna de las universidades más prestigiosas sin tener la distracción de los niños y sus miradas.

Para funcionar como estudiante, acordoné y encerré las memorias de la otra vida que llevaba, una vida dictada por la mirada de un hombre cincuentón. En cambio, soñaba con crecer y alejarme de él. Cuando, durante un viaje en auto, hablé sobre mis esperanzas universitarias, me prometió conseguirme un departamento en cualquier lugar adonde yo decidiera ir. Se imaginaba que iría a casa con él después de clases y sería una esposa sustituta.

Lloré, devastada ante la posibilidad de un futuro sin salida. Al llegar al semáforo me besó la frente, aparentemente confundiendo mi llanto con lágrimas de alegría.

Conforme pasaba el tiempo se volvió más difícil negar la realidad del abuso pero todavía sentía que no podía decírselo a nadie. Exponer a mi tío lo dejaría en la ruina y yo me consideraba muy poco importante como para ser quien trastocara la vida de un hombre adulto. Así que me aguanté, alejando a mi familia y acercando a mi tío, con lo que esperaba que él podría estar libre de sospechas.

Con el tiempo, la novela se convirtió en algo más que un mecanismo para sobrellevar mi vida; fue una guía.

Sentí como si estuviera desarrollando dos identidades: la mujer que era y la mujer cosificada que la eclipsaba. En Lolita descubrí una validación extraña: que ser un objeto de deseo era glamoroso. Si la mirada de un pedófilo podía normalizarse e incluso embellecerse, entonces quizá yo podía normalizar y embellecer mi propia situación. Era mucho más fácil digerir una imagen de mí misma como una nínfula que enfrentar mi condición de víctima.

Con el tiempo, la novela se convirtió en algo más que un mecanismo para sobrellevar mi vida; fue una guía. Pude ver cómo Lolita usa la obsesión que Humbert tiene por ella como un medio para tener poder sobre él. En el automóvil azul en el que la secuestra y los dos viajan de un lado a otro del país, la chica usa este poder para acusarlo de violación, de ser un “hombre sucio”. Mientras Humbert balbucea justificaciones para reservar una habitación de hotel para los dos, ella define la situación como el incesto que es. Sabe que ella es el talón de Aquiles de Humbert y aprende a herirlo. Eventualmente también aprendí a hacerlo.

El invierno en que leí Lolita por primera vez, mi tío trataba de no disgustar a mi madre con la esperanza de poder convencerla de que lo nombrara mi tutor en caso de que ocurriera alguna tragedia; le entusiasmaba la creciente fricción entre mi madre y yo, peleas que se precipitaron por la ropa atrevida que había comenzado a usar y las sospechas de que me escabullía para salir con universitarios después de la escuela, lo cual hacía.

Su abuso me había vuelto promiscua hasta el punto de la imprudencia, agradecida por el simple hecho de que mi cuerpo todavía sintiera deseos. Descubrí que cuanto más deseaba a otros hombres, menos dispuesta estaba a tolerarlo a él.

Cuando me sorprendió mostrándome un apartamento que había rentado para nosotros cerca de la escuela, le dije por primera vez que lo odiaba, que era igual de pervertido que el hombre del libro. Una vez que esas acusaciones comenzaron, no pude detenerme. Él ya me ayudaba a pagar la colegiatura pero ahora le exigía que me diera sobres de dinero, decidida a ser ingrata y conseguir una compensación. Durante las cenas, le contaba sobre los hombres con los que había estado y lo que habíamos hecho, al grado que dejaba a un lado su plato y se quejaba de haber perdido el apetito.

Tuvieron que pasar unos meses más para que llegara a mi límite y lo expusiera ante uno de los maestros de la escuela, alguien que sabía que tenía la obligación legal de reportarlo.

Poco después, en la estación de policía, hice una declaración jurada. Me senté en una habitación llena de policías que me motivaron a hacer una llamada incriminatoria con mi tío y me grabaron mientras lo hacía, para luego reproducir la conversación cuando lo arrestaron, después de que había desestimado los cargos de abuso sexual alegando que yo estaba “malinterpretando las cosas”.

No había malinterpretado nada. La historia que conté no era la de una narradora poco confiable ni glamorosa. Y no le pertenecía a él. Era, y es, mía.

Por BINDU BANSINATH/NYTimes

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