Publicado en: 28/04/2011

‘Nunca subestimes el coraz

LOS ÁNGELES, (ESPN).- “Nunca subestimes el corazón de un campeón”. La frase, una heráldica de la NBA, pertenece a Rudy Tomjanovic. Había ganado su segundo anillo, de manera consecutiva, sin tener jamás la ventaja de la localía.

Aquí, en este espacio, cavamos la tumba del Monterrey. Y lo enterramos bocabajo. Como agoreros insaciables de la tragedia, acondicionamos el ataúd. Subestimamos el corazón de un campeón. En Monterrey encendían veladoras implorando el milagro.

En el facilismo del marcador y del entorno, era más fácil encender los cirios, cuatro, uno para cada esquina perfecta del féretro.

 

No había indulgencias. Ni siquiera una esperanza de indulto. Real Salt Lake tenía la mesa servida. Pensaba tragarse a tarascadas limpias el corazón del Monterrey.

 

Nadie contaba con que era, es y seguirá vigente, el corazón del campeón. Real Salt Lake presumía currículo: 34 partidos oficiales invicto y tres más en amistosos.

 

Tenía su cuadro completo, excepto –y quizá la ecuación perdida en todo este teorema–, su capitán y caudillo Beckerman.

 

Tenía, el cuadro de Utah, el clima a favor, con ese viento gélido, como hálito de suegra de ultratumba bajando por la espina dorsal. Y el magnífico estadio Río Tinto atiborrado de 20 mil almas fervorosas y hambrientas de conquista.

¿Cómo podía no ganar el Real Salt Lake?

 

Si el Monterrey llegaba con las piernas fatigadas, con siete juegos en 21 días, para sumar ocho en 25, y si su pretemporada había sido la más corta, deficiente e incorrecta de los equipos mexicanos. Si este equipo de Rayados prescindía de una columna vertebral sugerente de solidez en sus grandez hazañas: Zavala, Pérez y De Nigris.

 

¿Cómo podía el Monterrey enderezarse de esa tumba, si lo habíamos embalsamado cuidadosamente para que su sepultura fuera lo menos penosa posible?

 

¿Cómo si el 2-2 era más que una igualdad sin palabra de honor un epitafio en la suma de adversidades? Y el estribillo se multiplica, como esas reverberaciones de las grandes victorias que se miran al espejo de los imposibles y tienen el rostro del milagro.

 

Sería muy fácil darle carpetazo y decir con arrogancia extrema: “es que el futbol mexicano siempre será superior al de la MLS”.

 

Y detrás de este Monterrey. O al lado de este Monterrey, hay un hombre al que la vida le ha flagelado con desgracias personales y familiares, pero aún así se planta cada día ante el reto deportivo y ostenta un récord inigualable tal vez en el futbol mexicano.

 

Vucetich ha ganado todas las finales que ha jugado, y cuántas de ellas, como la de anoche, con vientos en contra y con el canto de las sirenas vaticinando desgracias para esa nave blanquiazul, que desafiaba los escollos, sin más faro vacilante que la fe ciega en sí mismo.

 

Cierto: Monterrey ganó echado atrás, metido en su cueva, resistiendo, embistiendo, esperando, implorando incluso, un descuido del Real Salt Lake, que se lanzaba en feroz abordaje en busca de una guirnalda histórica para la MLS: tener un enviado en la conferencia máxima de clubes amparado por la FIFA, un sitio de honor que tiene copado México y que irrumpió con justicia en una ocasión el Saprissa. Que si después los clubes mexicanos son comparsas de glorias ajenas, esa es historia aparte.

 

El fin justifica los medios, es la doctrina que los lacayos oportunistas, generacionales, de la doctrina del Príncipe Maquiavelo, ejercen con el derecho y la bendición que les otorga el reglamento de competencia.

 

En media ciudad de Monterrey hay una sonrisa perfecta de conquistadores que difícilmente podrán opacar o lastimar con caries de envidia, quienes, con derecho a opinar y sin derecho a lesionar, estarán en desacuerdo con los recursos eficientes de Vucetich.

 

Y si puede globalizarse en la genuina fiereza de los leones rojos del Real Salt Lake, lo cierto es que no puede menos que encomiarse la labor colectiva de los Rayados, cierto, destacando jugadores clave, con atención especialmente a dos referentes que con una calidad superlativa para su medio, cambiaron la historia: Walter Ayoví y el chileno Humberto Suazo, cuya lesión ha llegado a despertar tantas sospechas como ese tobillo de Kobe Bryant.

 

Ambos tuvieron socios para romper la enjundiosa y desesperada defensa de los locales, como un Sergio Santana que lee perfectamente al ejecutor de su equipo y le entrega un balón comprometido, en una zona comprometida, ante comprometidos defensas, pero el “Chupete” hace mucho que dejó de chuparse el dedo y con la malicia del que aprende, trepó a la histeria del marcador la sentencia. Y viene el Mundial de Clubes.

 

¿Nos atrevemos a enterrar al Monterrey por los antecedentes nefastos, históricos, lamentables, vulgares de sus antecesores mexicanos, claro, sin contar al Necaxa de la edición 2000 en Brasil? También cabe, la posibilidad comodina, advenediza, pusilánime de treparse con las uñas al carro de la victoria y decir que este será el mejor representativo mexicano en la historia de los mundiales de clubes.

 

De no representar una pobreza moral hacerlo, es necesario, sin embargo, reconocer que puede ocurrir así.

 

Monterrey conservará la misma base de futbolistas. Conservará al mismo técnico, ese que, en la referencia manoseada, gastada, aburrida, pero irrefutable, es el Rey Midas de los técnicos mexicanos. En un ejemplo extraño, inusual, la directiva del Monterrey ha dejado constancia de que sabe encontrar los caminos para respetar las prioridades futbolísticas y deportivas por encima de las comerciales. Monterrey tiene casi ocho meses para prepararse para el Mundial de Clubes que este año será en Japón.

 

Monterrey tiene proyecto, tiene dinero, tiene afición, tiene equipo, tiene entrenador y tiene tiempo No se trata de embriagarse de champaña efímero, en la precipitación eufórica de una conquista que podría parecer normal, obligada y sin derecho a festejo, simplemente porque era un duelo entre el aún campeón vigente de México y el mejor equipo de la MLS, porcentualmente, en el actual torneo. No se trata tampoco de deteriorar al equipo citándolo con el menosprecio de Rey Tuerto de la Tíerra de los Ciegos.

 

Y no se trata de establecer que por esta cruzada se está en condiciones de mitificar a estos Rayados para caracterizarlos de David ante los Goliaths de Europa y Sudamérica, candidatos naturales a las semifinales, pero al menos, dejarían ir, únicamente, de maniquís que embellecen proezas de terceros. Al final, una pregunta ociosa, de esas que nacen, crecen y se paren en la matriz del morbo: ¿cuántos jugadores genuinamente de la Concacaf había en las alineaciones titulares por parte de los dos equipos que buscaban ser campeones de la Concacaf?

 

La columna vertebral de cada oncena es sudamericana: argentinos, chilenos, colombianos, ecuatorianos.

Los mejores de la Concacaf tienen la transpiración, pero no la inspiración de su zona, esa aún, deben importarla del sur. Y eso, ya debería inquietar.

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