Publicado en: 20/07/2011

Las cuentas y los débitos del Presidente

QUE NO.– Cuando el presidente Leonel Fernández andaba por la estratósfera, y los más fanáticos de sus seguidores aseguraban que subiría tanto como para llegar al planeta Marte, Danilo Medina se había desaparecido del escenario político.

Mudo, ciego y sordo, y sin las caderas de Shakira, era un albur político. Los periodistas lo buscaban hasta en los centros espiritistas, y nada.

Es decir, que se mantuvo al margen de un fenómeno de popularidad que en un momento de derrota atribuyó a las influencias y poder del Estado. ¿Cómo es que ahora, cuando el mandatario registra caída, se afirma como la verdad más absoluta que esa situación afecta las posibilidades del candidato del PLD? El presidente Fernández no creció a expensas de Medina.

Su liderazgo se originó adentro, pero se afianzó afuera. Medina, por su parte, vio mermar sus fuerzas, pero no tanto como para que se le considerara acabado. Todo lo contrario, su reducto se mantuvo intacto en sus cuadros fundamentales, y ahora se beneficia de la nueva circunstancia. No hay que darle puñetazos a la lógica, pero si el presidente Fernández no puso, tampoco puede quitar…

EL DAÑO.– La caída del presidente Leonel Fernández afecta por ahora sólo a Leonel Fernández, su imagen, su fuerza, su liderazgo, y él deberá hacer lo que sea menester para superar una situación que sí perjudica la gobernabilidad.

El problema no son sus contrarios políticos, sino el movimiento social, que creyéndolo más débil de la cuenta quiera jugar fútbol con su gobierno y ganar la Copa América con las movilizaciones en agenda o pendientes.

La potencial o posible afección al candidato Danilo Medina sería otro juego, otro campeonato. Incluso, habría que verlo como una especie de fatalismo, más forzado que real. Aunque no puede negarse el riesgo, puesto que desde hace un tiempo en la opinión pública dominicana se impone la percepción. Lo artificioso, lo creativo, la manipulación.

¿Cómo es posible que el elector tenga tan poco criterio que equivoque las cuentas y ponga en los débitos de Medina lo que corresponde a Fernández? De este punto no se hablado ni se habla entre los peledeístas, ya que la caída del mandatario es cosa nueva, y las preocupaciones eran otras. Por ejemplo, si el jefe de Estado se involucraría en la campaña…

LOS VOCEROS.– Danilo Medina se quejó de los voceros del gobierno, y sus razones estaban avaladas, incluso, con declaraciones recientes que no fueron oportunas ni necesarias.

Vale aclarar que el cargo de vocero no existe como instancia en la actualidad, como cuando ocupaba esa posición el danilista Roberto Rodríguez Marchena. Ahora es vocero todo el que hable a nombre del gobierno, y sus credenciales sean un alto cargo.

Por ejemplo, un funcionario como Juan Hernández, de sonrisa amplia, pero de pocas palabras, se deslizó sin llegar a alcanzar la base. Dijo –en los días previos al paro– que el anticipo de los impuestos se cobraría teniendo como referencia el 29 % acabado de aprobar por las cámaras y no el 25 % vigente hasta entonces.

Como técnico no podía medir las consecuencias de un pronunciamiento que desde el punto de vista político fue tremendo aliciente a la protesta. No fue como echar leña al fuego. Peor. Fue como tirar gasolina al tiempo que se alentaba el viento. Lo que pudo haber sido una candelita se hizo llamarada…

LOS SINCEROS.– Nadie duda de que el 29 % es lo que va, y Juan Hernández no hizo más que aclarar lo que evidentemente era una confusión interesada.

La equivocación fue decirlo antes del lunes y no dejarlo para después del paro. ¿Cuál era la prisa si no lo iba a cobrar ese día? Igual sucedió con el presidente Fernández, que al participar en uno de los tantos paneles que se organizan en Funglode, también se deslizó como predictor.

Dijo que si la llamada primavera que vive Europa y el Norte de Africa llegaba a Arabia Saudita, el petróleo se dispararía a 300 dólares el barril.

Es decir, hizo un pronóstico azaroso cuando lo justo, lo bueno y lo oportuno era anunciar las medidas que se tomarían para prevenir los efectos de ese hipotético y catastrófico acontecimiento.

Las voces del gobierno, por lo que se ve, se pasan de sinceras, y de honestas. Temístocles Montás, por ejemplo, fue sincero y honesto en grado sumo cuando, acabándose de apear del avión, dijo que el gobierno no podía atender los reclamos del paro. Ahí terminó el evento, puede creerse, pero fue obvia la provocación. Debió ponerle mantequilla al pan, por lo menos. O darlo con agua, pues tragarlo a secas…

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