Publicado en: 02/02/2018

La solución energética que América Latina necesita

En Pozo Almonte, una comunidad cercana a Iquique, al norte de Chile, está una de las plantas solares más grandes de América Latina.

WASHINGTON.- Uno de los lugares más soleados del planeta, el desierto Atacama en Chile, registra la radiación solar más alta del mundo, por lo que podría generar suficiente electricidad para toda Sudamérica. Sin embargo, este desierto —que cubre más de 100.000 kilómetros cuadrados de la región norte de Chile— es remoto y se encuentra muy alejado de las principales ciudades.

En noviembre, finalmente se concluyeron las obras de instalación de líneas de transmisión que conectan las enormes plantas de energía solar del desierto del norte con la región densamente poblada del sur del país, lo que hará posible bajar los precios y ofrecer un suministro de energía más confiable. Si Chile conectara esos proyectos solares a la red eléctrica de Perú y a su vez Perú la ampliara hacia Brasil, Bolivia y Ecuador, millones de personas de América del Sur podrían beneficiarse de esta fuente de energía limpia.

La demanda de electricidad aumenta con gran rapidez en América Latina: la clase media, que compra más electrodomésticos, seguirá creciendo, además de que muchos países están adoptando industrias que consumen grandes cantidades de electricidad. Según algunas proyecciones, el consumo de electricidad aumentará más de un 70 por ciento para 2030.

Para cubrir esta demanda adicional, América Latina planea generar más energía a partir de combustibles fósiles, en especial el gas natural, y ampliar un poco el uso de energías renovables, del 64 por ciento de la matriz energética registrado en la actualidad al 70 por ciento en 2030. No obstante, si la región lograra aumentar las fuentes renovables al 80 por ciento de la matriz y ampliar las conexiones transfronterizas, los países de América Latina podrían ahorrar miles de millones de dólares en inversión, evitar los apagones y reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, según muestran investigaciones recientes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Aunque América Latina ya es la región que genera la mayor proporción de energía renovable del mundo, más del 80 por ciento de esa energía renovable se produce en represas hidroeléctricas. No hay gran interés en construir más represas debido a los costos que generan para la sociedad y el medioambiente, como la deforestación y el desplazamiento de comunidades. Así mismo, algunos fenómenos naturales del clima, como El Niño, afectan la oferta hidroeléctrica y la hacen menos predecible.

Un aspecto positivo es que las fuentes renovables que generan energía eólica, solar y geotérmica son abundantes en América Latina y sus costos están bajando muy rápido. La capacidad eólica y solar de la región ha aumentado de manera significativa desde hace algunos años, a partir de que comenzaron a bajar los costos de producción de la electricidad con estas fuentes. El precio promedio acordado en licitaciones de energía para el suministro de energía solar en América Latina se desplomó un 87 por ciento de 2009 a 2017 y el precio de la energía eólica cayó un 37 por ciento entre 2008 y 2016.

En la siguiente década, aumentar la proporción de energía generada a partir de fuentes renovables y establecer líneas de transmisión entre los distintos países podría representar un ahorro de 30.000 millones de dólares en comparación con los planes actuales, pues las energías renovables no suman costos de combustible y ampliar las líneas eléctricas es mucho más barato que construir nuevas plantas eléctricas, según el BID.

Brasil y Chile, en particular, tienen grandes posibilidades de elevar su producción de energía solar y eólica. Chile tiene más de la mitad de la capacidad solar de América Latina y en Brasil se concentra casi el 60 por ciento de la capacidad eólica de la región.

Integrar fuentes de energía limpia también hace más seguro el suministro. Las fuentes de energía renovable en América Latina pueden ser complementarias; están disponibles a diferentes horas del día y en distintos momentos del año en cada país. Por ejemplo, Brasil tiene un gran potencial para generar energía eólica por las noches, mientras que Bolivia, Perú y Chile pueden producir enormes cantidades de energía solar durante el día. La integración permitiría a los países aprovechar más esta compatibilidad y reducir la necesidad de combinar fuentes de energía renovable intermitentes con el suministro básico de electricidad a partir de combustibles fósiles.

El uso de energías renovables, junto con la integración regional, también permiten que los países diversifiquen sus fuentes energéticas y así se protejan de los impactos del cambio climático en el suministro hidroeléctrico. Hoy en día, América Latina depende de plantas hidroeléctricas para generar casi la mitad de su energía pero, puesto que los patrones de las lluvias están variando debido al cambio climático, son cada vez menos confiables en algunos países.

En 2001, Brasil tuvo una prolongada sequía que provocó una caída en los niveles del agua en las presas hidroeléctricas, lo que ocasionó que millones de personas y empresas se quedaran sin electricidad durante meses. En 2016, Colombia impuso algunas medidas de emergencia para ahorrar electricidad con el propósito de evitar apagones tras una severa sequía. Ese mismo año, Venezuela sufrió una sequía que acabó con el suministro de agua de la principal cuenca donde se genera electricidad, en el río Caroni.

Si se mantienen las tendencias actuales, las emisiones de dióxido de carbono del sector eléctrico —la mayor fuente de gases de efecto invernadero— aumentarán un 19 por ciento y otros contaminantes del aire peligrosos, como el azufre y el nitrógeno, se incrementarán en más del 50 por ciento entre 2016 y 2030. Sin embargo, si la región utiliza más energía renovable e integra más la red eléctrica, las emisiones de carbono del sector eléctrico podrían bajar un 15 por ciento y otros contaminantes, un 10 por ciento.

Hasta ahora, la integración energética en América Latina es inadecuada. La región necesita agregar unos 12.000 kilómetros de líneas de transmisión transfronterizas con unos 15.000 kilovatios de electricidad para aprovechar realmente su potencial. Por desgracia, el principal obstáculo que impide esta integración es político.

La mayoría de los países se niegan a dar un voto de confianza a sus vecinos para el suministro de energía, pues dan más importancia a la autosuficiencia que a los costos, la confianza y la sostenibilidad. En vez de cerrarse en esta visión limitada sobre la seguridad energética, los países latinoamericanos deberían aprovechar las ventajas que les ofrece la diversificación en el suministro eléctrico e interconectarse.

Además de construir la infraestructura respectiva, muchos países necesitan desarrollar instituciones, normas y reglamentos adecuados que hagan posible el desarrollo de mercados eléctricos eficientes y activos.

Centroamérica, por ejemplo, se beneficiaría si logra ampliar su red regional, pues en el istmo los precios de la electricidad son altos y su generación depende de petróleo importado. Para alentar las inversiones, el marco regulatorio del mercado eléctrico regional debe fortalecerse. Entre otras cosas, debe determinarse el costo de los derechos de transmisión y de las cuotas aplicables al envío de electricidad a través de las fronteras, además de convenir contratos de compraventa de electricidad a largo plazo en el mercado regional para dar mayor seguridad a las inversiones de varios países y unificar las normas nacionales y regionales.

Si bien estas medidas son técnica y económicamente posibles, requieren que los gobiernos actúen en contra de algunos intereses y cedan cierto control sobre sus sistemas eléctricos nacionales. No será sencillo lograrlo, pero una red eléctrica integrada beneficiaría a América Latina y al planeta.

Por: LISA VISCIDI y ARIEL YÉPEZ/NYTimes

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