El Estado delincuente, hoy narco-Estado, es algo que viene de atrás. El Estado compactado, manejado por una especie de monarquía moderna y republicana, tiene su historia, adecuaciones y modalidades recientes: Trujilllo, Balaguer. . . y ahora Leonel.

La democracia representativa es solo una formalidad que lo modula de acuerdo a la correlación de fuerzas a su interior. La compactación está relativizada por la conciencia y las luchas en la sociedad.

Estado es más que gobierno.

Estado es poder ejecutivo, gabinete y entidades dependientes; mas Congreso, sistema judicial, fuerzas armadas, policía, DNCD, DNI. . .

En el marco de la Constitución de Leonel, el Senado (sobredimensionado en sus atribuciones) conforma el Consejo de la Magistratura (Suprema Corte), Tribunal Constitucional, Cámara de Cuentas, Junta Central Electoral y Tribunal Electoral; mientras todo queda bajo su mando, amarrado a un sistema de corrupción de Estado bien jerarquizado, a partir de los recientes comicios senatoriales (fríamente planeados y financiados).

En la actualidad el Presidente Fernández es jefe real del poder militar- policial altamente sobornado y de ese Senado. Vía el Senado controla todas las entidades mencionadas y sus redes burocráticas. La Cámara de Diputados va por ese camino solo con un sobornito mayor.

Agregándole a esto las grandes alcancías oficiales y privadas, las alianzas político-empresariales y las conexiones oligárquicas e imperialistas, no es difícil colegir que existe un proceso de fusión del sistema de corrupción de Estado y de la institucionalidad vigente, articulada por la Constitución actual y por la “superioridad” presidencial.

Creo que esta institucionalidad no se puede democratizar ni se debilitar desde dentro o insistiendo en el logro de “cuotas” institucionales y en opciones presidenciales como las que dominan al PLD y el PRD.

Así las cosas, las alternativas electorales sis

témicas estarán, con o sin reelección, previamente capturada por el “monarca”.

Para cambiar este régimen endurecido, se necesita una embestida desde fuera y desde abajo. Un clamor, una avalancha, que confronte y resquebraje lo existente, que supere lo simplemente electoralista. Algo como lo que pasó en Venezuela, en Ecuador y en Bolivia. . . antes de que los votos decidieran los nuevos actores gubernamentales y los respectivos procesos constituyentes.

Por : Narciso Isa Conde