Publicado en: 24/01/2012

Interior en penumbras

¡Lo que les debo a todos ustedes!. A los que siempre están, y a los que alguna vez hacen el esfuerzo de mandarme palabras y aliento, o desaliento -ya sabemos quién es este último, y también le agradezco, me hace pensar.

Estaba en la casa oscurecida para la siesta, por el calor, además, pero no podía dormirme y descansar mi acostumbrada hora diaria.

De pronto una idea, mejor dicho una ilusión casi fanática, me hizo levantarme de la cama: quería hacer con mis propias manos un vestido, un vestido precioso para mi hija.

Yo no coso más que ruedos de pantalones o faldas, no sé casi nada de ese oficio mágico, cuando de tus manos sale algo que antes no era más que un trozo de tela, un trapo sin utilidades.

Tengo el recuerdo difuso de haber leído en Virginia Woolf una descripción de una mujer cosiendo, del estado meditativo que desciende sobre ella. No sé si fue en… ¿Al faro? Pero lo busco en esa novela y no lo encuentro por ningún lado; de pronto surge el fantasma de alguien que oye cantar a los pájaros en griego, y ahora estoy segura, es en La señora Dalloway; lástima que ya no tengo ese libro.

Pero vayamos a los hechos: me levanto y hurgo entre mis cosas en busca de algo que pueda transformarse en un hermoso vestido para mi niña.

Encuentro un gran pañuelo de seda morada, con relieves de dibujos en el mismo morado, como un friso antiguo. Y la idea, la genial idea del diseño, brota de inmediato.

No voy a describir el vestido que se me ocurrió, porque a Mane no quiero darle ninguna pista.

Pero, ¿mi tijera habrá cortado bien, o estará todo desparejo? El escote, las mangas, son verdaderos problemas para mí, pero bien sé que cuando uno quiere… cuando uno quiere… (¡estoy tan insegura!)… tal vez le sale…

Y estoy así, cosiendo, y cuánto le creo a Virginia Woolf su descripción: inmediatamente surge el estado meditativo de mi aura. Coso y me rodean palabras como oraciones, éstas:

¿Si dejo de escribir para formar lo blanco del papel? Y que no sea escrito lo que, por escribirse, se pierde en verbo, camina, no es inmóvil como las cosas eternas que el aire, el polvo, el agua, el fuego, traen hacia mí. ¿Si sigo cosiendo hasta que mi cuerpo tan inmóvil, con sólo sus manecillas de reloj que se mueven sobre la tela, me lleve hacia no sé qué sitios donde lo secreto y lo revelado son lo mismo y no necesitan de pensamiento ni de versos? Me esfuerzo en el reposo de hacer este vestido de luz morada para llegar adonde las palabras abandonan el nido del papel, de la boca.

Y todo esto me conduce a un viejo poema que quiero regalarles:
INTERIOR EN PENUMBRAS
Cuarenta años la dama se encerró en un palacio de detalles, un matrimonio de conveniencia con otra dama, Grace, que le servía en bandeja de plata una taza de café humeante.

Pero en resumen la bandeja era una pieza heredada de sus antepasados más felices,
la esquela -escrita con cariño por Grace-
sustituía a la pasión, que por ocultas razones ambas habían desterrado de las sábanas de lino; por último, el café era absolutamente necesario en el frío de Maine.

No obstante, entre los servicios y los recibos de facturas pagadas su voz se levantó con la fuerza de las tormentas en la nieve, aunque en silencio, quizá en cuadernos escolares, habló el emperador Adriano, Zenón nació de la costilla de una noche de insomnio.

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