Guerra de abril del 1965, intervención norteamericana y clase marginada

Avergüenzan los días tenebrosos del 1965, intervenidos, mancilladlos y opacados en las epopeyas  del Número, Estrellita, Las Carreras y nuestras gestas emancipadoras, superando las lágrimas de la pobreza aún vivida, la patria agoniza en manos invasoras al fragor de la lucha fratricida, caen  civiles, ancianos, mujeres y niños de los barrios marginados ajenos al conflicto, entre la barbarie y la riada de sangre están en juego: la constitución, la vida misma, la dignidad de la patria y la soberanía nacional.

En un diminuto país azucarero y bananero endeudado hasta la tambora, pero heroico y celoso colosal de su independencia, la OEA en salvaguarda de la seguridad del hemisferio nos ofende y nos desafía a pelear por el rescate patrio ante las insinuaciones de fideicomiso, colonización, anexión entre otras fórmulas interventoras extranjeras, la guerra la libramos en aras de fortalecer las virtudes cívicas y la institucionalidad.

La policía internacional nos ofende al intervenirnos ante la resistencia de nuestro gobierno de facto, ambicioso, odioso, apático y rencoroso a realizar elecciones libres y la peligrosidad del castrismo ante la seguridad colectiva, pero RD harapienta y hambrienta lucha a muerte por su libertad mancillada, un país diminuto pero inmenso en: sabiduría, apostolado, heroísmo y capaz de vencer el poder del fuego y las bayonetas invasoras, mientras Dios nos ilumina y el infortunio de la patria nos une, derramamos sangre, prestigio y riquezas 

La revolución de abril sobrepasó sus objetivos, se convirtió en una empresa de: justicia social, aventura juvenil, restauración de libertades, cambios estructurales, profundas reivindicaciones humanas, redención de la miseria, incorporación de las masas a la vida civilizada, elecciones libres e institucionalidad, en ese ínterin la vida de los obreros se tornó más precaria, creció el desempleo, se incrementó la incapacidad económica de ofrecer ocupaciones remunerativas, se redujeron el comercio y el transporte, sin orden y sin seguridad no hay pan ni paz para nadie, la producción languidece, el hambre crece, los marginados malpasan, sufren, padecen y pagan el desequilibrio.

La agitación se traduce en desamparo, sacrificio, sangre y sufrimiento, por cada caudillo inmolado caen millares de infelicesque ofrendan sus vidas por los intereses impíos o personales de sus líderes, la violencia descalabra a los buhoneros, los infelices, los estudiantes pobres, los obreros, los informales, los chiriperos y a los sindicalistas, mientras impera un malestar generalizado producto de la labor subversiva de los agitadores, se impone el temor, la inseguridad, se ahuyenta el capital, se paraliza la economía, el gobierno no inspira confianza, se agudiza el desempleo, crece el fervor revolucionario, la crisis azota, venganzas sectarias, pasiones banderizadas, rivalidades sordas, rencores, ánimos caldeados, el egoísmo, la destrucción, el individualismo feroz, la anarquía, el sectarismo.

Felizmente, la salvación de la república pende de una libre consulta electoral que venga a apuntalar la paz en nuestros códigos y no en las armas gringas. Es sorprendentemente increíble el paralelismo entre las invasiones del COVID-19 y la intervención norteamericana del 1965, que Dios nos ilumine y el martirio patrio nos una.

Por Edgar Marcano
Desde Montreal-Canadá

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