Publicado en: 10/12/2018

El juicio al Chapo: lo que sabemos al inicio de la quinta semana

Una ilustración de Juan Carlos Ramírez Abadía, alias Chupeta, durante el juicio de Joaquín “el Chapo” Guzmán.

NEW YORK, EE.UU. (NYTimes).- La sangre y el dinero han estado al centro del primer mes de testimonios en el juicio contra Joaquín Guzmán Loera, el narcotraficante mexicano apodado el Chapo. Esos temas quedaron particularmente entrelazados durante la cuarta semana, en la que dos colombianos que dijeron ser colaboradores de Guzmán contaron cómo le suministraron cientos de toneladas de cocaína.

El primero de esos colombianos, Juan Carlos Ramírez Abadía, indicó que era el principal contacto del Chapo en Colombia; también le dijo al jurado reunido en el tribunal federal de distrito en Brooklyn que había participado en por lo menos 150 homicidios durante su tiempo en el Cartel del Norte del Valle, perpetrados tanto en Colombia como en otras partes de Suramérica.

Ramírez testificó sobre estos asesinatos que habrían comenzado a principios de los años noventa, cuando ordenó matar a varios trabajadores conectados a su operación de narcomenudeo en la ciudad de Nueva York. El derramamiento de sangre siguió hasta 2017, cuando Ramírez fue arrestado en un condominio de lujo en Brasil.

Las víctimas eran fiscales, antiguos aliados, ladrones, oficiales militares de Colombia e incluso un abogado que alguna vez habló del negocio cuando estaba pasado de copas; sin embargo, los detalles completos de los homicidios no salieron a la luz en el tribunal. El juez a cargo, Brian Cogan, le dijo a la defensa del Chapo que no necesitaba describir por completo todos y cada uno de los asesinatos en los que participó Ramírez para comprobar que era un hombre violento.

Respecto al dinero, Ramírez les dijo a los integrantes del jurado que una vez le pagó 338.776 dólares a mercenarios y que anotó el gasto en algunos de sus muchos libros de contabilidad. También aseguró que hizo una serie de pagos por hasta 10 millones de dólares en total a integrantes del Congreso de Colombia para incentivarlos a que votaran en contra de una ley sobre extradición con la cual el mismo Ramírez fue enviado a Estados Unidos.

El miércoles 5 de diciembre, el prestanombres de Ramírez, un abogado colombiano llamado Germán Rosero, le contó al jurado quizá una de las historias más tristes de cómo alguien termina involucrado en el mundo del narcotráfico. Rosero dijo que hace décadas trabajaba como defensor público en Colombia y tuvo que recurrir a Ramírez para pedirle protección por amenazas a su vida. Pasó el resto de esa vida repagándole la deuda.

Rosero era casi un embajador de Ramírez; trabajaba desde México para venderles la cocaína de su jefe a Guzmán Loera y a otros integrantes del Cártel de Sinaloa.

A lo largo de dos días de testimonio describió cómo eran los acuerdos típicos: se ponía en contacto con alguno de los hombres del cártel sinaloense para acordar que lo recogieran en un hotel y lo llevaran hasta el aeropuerto. De ahí, dijo Rosero, se subía a un avión pequeño hacia la Sierra Madre en las afueras de Culiacán, Sinaloa.

Guzmán Loera, quien en ese entonces recién había escapado de prisión, lo esperaba en un sitio montañoso. Uno de esos escondites, a decir de Rosero, era una granja con una casa normal, una reja de madera y una piscina con palapa.

Ya ahí, Rosero le presentaba a Guzmán la oferta del día; por ejemplo, 3000 kilogramos entregados en un barco a motor. El testigo dijo que el Chapo usualmente traía puesta una gorra y se quedaba sentado durante la presentación.

Guzmán Loera, según han declarado otros testigos en el juicio, tenía un carácter acalorado si se sentía personalmente ofendido por alguien, pero Rosero indicó que se mantenía calmado de cara a problemas empresariales. Rosero mencionó que alguna vez la Guardia Costera de Estados Unidos confiscó un envío de más de 12 toneladas de cocaína que iban camino a los traficantes de Sinaloa. Con el sombrero en mano, Rosero se dirigió a la sierra para darle las malas noticias al Chapo.

“Me dijo que había que seguir moviéndonos”, dijo Rosero. “Que con seguir trabajando”.

Una nueva imagen

A principios de la década de 2000, Ramírez viajó a Brasil para aprender portugués y ahí se sometió a varias operaciones para cambiarse la cara en un intento de evadir a las autoridades. Los doctores cambiaron sus pómulos y cachetes; se hizo un transplante de cabello, implantes labiales y se abrió más los párpados, junto con otros cambios.

Durante la interrogación en el banquillo, uno de los abogados defensores del Chapo, William Purpura, le preguntó sobre el transplante de cabello.

“¿Qué tal funcionó?”, le dijo.

Ramírez, quien todavía tiene una cabellera amplia, se rio y respondió que muy bien.

Purpura después le dijo: “Eras un hombre apuesto”. Los fiscales objetaron a la declaración.

“No eras un hombre apuesto”, dijo entonces Purpura. Los fiscales objetaron de nuevo.

Jurado adormilado

El miércoles 5 de diciembre el juez Cogan se quejó con el jurado por que no pone atención. “Sé que hay muchos testimonios por escuchar”, dijo. “Sin señalar a nadie en específico, a veces volteo hacia ustedes y me pregunto si están tan concentrados como deberían estarlo”.

El día siguiente unas largas declaraciones sobre camiones cisterna y cocaína dejaron adormilados a dos integrantes del jurado —uno de ellos cabeceó cuando aún tenía levantado el cuaderno en el que toma apuntes— y una mujer se quedó profundamente dormida. En esa ocasión el juez ya no dijo nada.

Los miembros del jurado tendrán dos semanas de vacaciones para las fiestas navideñas, a partir del 20 de diciembre.

Glosario del chapo

Bajadores: Una palabra utilizada bastante durante el juicio, sirve para describir a quienes regresaban el dinero tras la venta de drogas.

Confiscaciones: Pese a que crearon varias técnicas innovadoras para esconder las drogas, como escondites en camiones y muros falsos, varios agentes del gobierno testificaron en la cuarta semana sobre cómo la Administración de Control de Drogas (DEA) y la Guardia Costera estadounidense confiscaron varios envíos de cocaína y marihuana del Cártel de Sinaloa. Las revelaciones sobre estos operativos incluyen una redada de 1999 por 1500 kilogramos de marihuana y más de 1000 kilogramos de cocaína que estaban escondidos parcialmente en cajas de zapatos. En 2002 hubo otro operativo en el que fueron confiscados 1900 kilos de cocaína de un almacén en Brooklyn y un monto similar un año después en un sitio de Queens.

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