Publicado en: 20/07/2012

Donde exclama: ¡Oh, Dios…! Debe decir: ¡Odios…!

César-Medina

César Medina

Andrés L. Mateo es un hombre de resentimiento a flor de piel, que le brota por los poros. Cualquiera que lea sus intrincadas disquisiciones pudiera pensar que odia al mundo, a la humanidad, que se odia hasta a sí mismo.

Pero quienes le conocen bien, su reducido núcleo de amigos y allegados, dicen que no… Que él se quiere muchísimo, que se adora hasta la veneración, que se tiene muchísimo cariño, mucho más allá del que demuestra. Por eso su ego, más alto que el de los argentinos antes del corralito.

Y que, así mismo, quiere a algunas personas. No a muchas, pero sí a algunas.

Como a Hipólito Mejía, por ejemplo, su modelo de gobernante, en cuyo gobierno fue cuatro años subsecretario de Cultura. Y a quien apoyó abiertamente en las pasadas elecciones y en su proyecto reeleccionista del 2004.

Y a quien, además, sigue apoyando ahora, en su plan insurreccional dentro del PRD.

Para él hombre de vastísima cultura, escritor, filósofo y filólogo, lingüista y matemático, profesor y poeta, filántropo y humanista, Hipólito Mejía es el modelo del líder político sobrio y humilde, decente y de comportamiento ejemplar, maestro del buen decir y mejor pensar, arquetipo de la decencia y las buenas maneras.

Tan distinto a Leonel Fernández, que es un tipo soez e inculto, altanero y malapalabroso, agresivo e insolente, irrespetuoso, indelicado, sin educación familiar, sin formación académica, capaz de considerar que El Quijote no es más que un masacote de letras y de preferir un poncho a Los Siete Tratados de Juan Montalvo.

Diferente también Hipólito Mejía, ese dechado de decencia, virtudes y sabidurías, a Danilo Medina, que se pasó más de un año en la pasada campaña maldiciendo, insultando, subestimando al resto de los mortales, llamando ladronas a las domésticas y corruptos a los periodistas, dando cátedra de su incultura y de su desconocimiento de los problemas del Estado e irrespetando al candidato contrario.

Por eso decía yo en estos días que la sociedad dominicana tiene una extraordinaria vocación bizarra. Todo lo ve y lo vive al revés… Pero, más que nadie, el distinguido profesor y finísimo intelectual Andrés L. Mateo.

Una verdadera joya
En su último artículo, publicado ayer en el periódico Hoy, Andrés L. Mateo destila un resentimiento social impropio de un individuo de sus vuelos y formación académica, con un vocabulario de laboratorio con el que pretende ocultar su visceral carga de odio, envidia, frustración personal.

Como si no fuera él un hombre tan exitoso, de notable prestigio en el mundo intelectual, de reconocimiento público, un laureado escritor, como pocos de su generación.

Lo último que dice es que la pequeña burguesía dominicana, principal y mayoritario componente social, está “encanallecida”. O sea, que los dominicanos somos unos canallas.

Y que el responsable de ese “encanallecimiento” no es otro que Leonel Fernández, el sujeto de todos sus odios, sus frustraciones, sus pequeñeces.

Obsérvenlo con sus propias palabras:
“(…) Uno de los éxitos de los gobiernos del doctor Leonel Fernández es haber casi evaporado esta pequeña burguesía. Haberla encanallecido hasta más no poder. Lo que queda, se despliega en la calistenia del desprecio a sí mismo, y en la corrupción. No hay más que mirar a nuestro alrededor. ¿Qué son hoy los intelectuales, los artistas, los poetas, los escribidores? Una caterva de pensionados y un amasijo de silencios…” ¡Sopla, Chichí…!

…Y lo mejor
En su impiadoso juicio de valor sobre la pequeña burguesía dominicana, el profesor Mateo concluye su artículo subestimando la capacidad intuitiva de sus lectores claro, todos miembros de la clase media pequeño burguesa que acceden al diario donde publica, al señalar que… “el pequeño burgués no advierte que yo también soy el otro”, en vano intento de una autoinclusión en un segmento de la sociedad los intelectuales, los artistas, los poetas y los escribidores, al que previamente ha tildado de corrupto y canalla.

Como diciendo que ha hecho su propia autovaloración intelectual y personal.

Y aunque a Andrés L. Mateo le asiste el derecho de autodefinirse como mejor le plazca ¿quién mejor que él puede conocer su propia condición? es preciso hacerse la siguiente pregunta:

¿Esa amargura y frustración que destila Andrés L. Mateo tendrá algo que ver con el apabullante éxito político, intelectual y académico de Leonel Fernández?

Al final de la jornada, cuando se acaba el día, se llega a la conclusión de que la frustración y la envidia son también debilidades humanas propias de los bajos instintos…

Por eso pienso que Andrés L. Mateo no debería sentirse tan ofendido cuando le critican su cita reciente al Obispo de Roma… Porque todos sabemos que él es ateo. Además de todo lo otro…

Quizás debe decir: ¡Odios…! Cuando exclama: ¡Oh, Dios…!

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